Y con esta simple, pero desconcertante pregunta, la gente quiere entrar
en tus entrañas y conocer más de tí que tú misma. Y digo yo, que no quiero ponerme
quisquillosa pero, “y tú, ¿cuándo te diste cuenta que eras heterosexual?
Porque es muy fácil exigir al que se sale de “la norma”, -que no es más que no
seguir el maldito camino de baldosas de mierda que esta sociedad
heteropatriarcal te obliga a seguir- el “por qué” de sus decisiones o su estilo
de vida, pero nadie se mira el propio ombligo para analizar por qué ellos sí
siguen a pies juntillas lo considerado “normal”, “correcto” o cualquiera otra
de esas palabruchas que significan más por las connotaciones culturales que
contienen que por su significado original.
Antes de empezar a desgranar esta absurda pregunta que, por cierto, suele
hacerte la gente, “sin ninguna maldad”, quiero explicar las dos circunstancias
totalmente opuestas en la que ésta suele plantearse. La primera tiene lugar
cuando el típico garrulo de “güiski” en mano, que a las cuatro de la madrugada
se ha dado cuenta que no tiene ninguna “posibilidad” contigo, -y no sólo se ha
dado cuenta de esto porque le has dicho 3 mil veces que eres lesbiana, sino por
las otras 3 mil que te ha pillado mirando a la misma chica que él y las 3 mil
siguientes que has dedicado a mandarlo a la mierda por insistir en lo de “sus
fantasías sexuales” y la posibilidad de probar con un hombre- decide que ya que
no van a tener sexo pues eso, que va a responder las incógnitas que le han
surgido de repente sobre las causas del lesbianismo, a costa de tu paciencia, y
te la suelta así, cual antropólogo perdido en medio de la selva, intentado buscar
resultados para sus estudios.
La segunda circunstancia en la que suele darse esta cuestión es el entorno
más cercano: amigas/os, madres, hermanas/os… Y suelen prolongar el
planteamiento de la misma más por el temor a escuchar algo que les supere, ¡lo
desconocido! o a refutar sus hipótesis, que por las ganas que tienen de hacerla.
Evidentemente, aquí no incluyo a esas madres que sabían que eras lesbiana antes
que tú y que te miran con cara de “¿no,
en serio, no se te veía el plumero?” y añaden un “yo ya lo sabía”. ¡Coño, mamá!,
¿si lo sabías por qué no me ahorraste tantos años de investigaciones en foros
de internet, de chatear con gente atormentada y de fingir ser quien no era? En
fin.
Asimismo, y teniendo en cuenta que este texto es fruto de mi vivencia
personal, que puede parecerse a la de muchas aunque con matizaciones, creo que
es preciso tener en cuenta el contexto del descubrimiento de este apetito por
las mujeres, entiéndase, lesbianismo.
En la década de los 80 principio de los 90, que es la época de la que
esta ebria tabernera de feminismo proviene, las lesbianas NO existían. Sí, es
duro decirlo, pero no existían. Podía hablarse de tu tía la del pueblo que como
no quiso casarse vivía con su amiga desde hacía la friolera de 40 años; estaba
tu prima que acudía a todas y cada una de las reuniones familiares con su
compañera de piso y tú te preguntabas, ¿oye,
pero qué pasa, es que esta chica no tiene su propia familia? Y sí, claro
que la tenía pero a esos acontecimientos era tu prima la que la acompañaba.
También podías encontrarte con aquella vecina del tercero, que te sacaba unos 8
años de edad, y que tenía un aspecto que se ajustaba más a lo que a tí te
habían enseñado que era “propio de hombres” –lo que ahora llaman “jugar con los
géneros”- con la que te cruzabas a menudo en el portal de tu edificio hablando siempre con alguna que otra chica… -y a la que mirabas de manera entre curiosa y
lasciva, aunque probablemente esto lo hayas descifrado con los años-.
En esta época no existía la actual cantidad de redes sociales, ni de
medios de comunicación, ni era tan fácil buscar películas clasificadas por
temática “lésbica”. Resumiendo, que si querías conectarte a la red como medio
para resolver tus dudas, tal y como se hace en la actualidad, tenías que
esperar a que fueran las 18:00 horas, comenzara la tarifa plana y, lo mejor,
esperar a que todos los miembros de tu familia se fueran a dormir para empezar navegar sin límites.
Dicho lo cual, aquellas personas que tengan un mínimo de “pisqui” se
habrán dado cuenta que ¡claro!, las lesbianas existían, pero la
invisibilidad, el silencio, la negación eran tan brutales que no llegué a
escuchar la palabra, que ahora suelo gritar, ¡LESBIANA!, hasta que rondé
los 12 ó 13 años. Tiempos duros aquellos.
Hechas las aclaraciones pertinentes presentaré a continuación una guía
explicativa a la que he decidido llamar “El ciclo de la lesbiana, sal del
armario y ven a unirte a tus hermanas”. Como dicho esquema es un compendio de mi
experiencia personal, de lo que me han contado mis amigas lesbianas -¡sí, somos
muchas!- y de la creatividad que me invade quiero que quede claro lo
siguiente:
Primero, las fases no tienen por qué seguir un orden lineal. Es decir,
puede que estos acontecimientos te hayan ocurrido antes o después, o
simplemente que no te dieras cuenta en su momento y lo descubrieras con el paso
del mismo. Y, segundo, también es probable que te hayas saltado alguna de las
fases o que, simplemente, no hayas llegado a ellas. A las que estén en este
último caso las animo a completar la lectura pero, sobre todo, a llevarlas a
cabo.
Etapas del
descubrimiento del lesbianismo.
Etapa nº1: Queridos Reyes Magos. Queridos Reyes Magos este
año he sido tan buena que quiero mi recompensa en forma de pelota, coche
teledirigido, escalextric o cualquier otra cosa que estimule mi creatividad y
mis ganas de jugar y competir. En serio, gracias por las Barbies, las muñecas,
los bebés que lloran y se cagan y que me impiden disfrutar de mi tiempo de
diversión, también gracias por las cocinitas, y los unicornios de años
anteriores. Gracias de verdad pero, por favor, traedme lo que me gusta y no
aquello que dicen los adultos que es con lo que debería jugar.
Etapa nº2: Mamá, quiero ir en pantalones. Superada la etapa
de los reyes magos y después de haber reforzado tu creatividad diseñando tus
propios juguetes o, simplemente, acaparando los de tu primo, empiezas a
preocuparte por tu aspecto físico. “No,
mamá, no me gusta esa falda de tablas, ni ese trajito blanco que te enfadas si
lo mancho, ¡pero es que es blanco!”. En esta etapa queremos el confort de
unos pantalones y tenis que nos permitan correr, jugar, saltar, ser las más
rápidas en las carreras, escalar árboles, escalar montañas de tierra o es que,
simplemente, no nos acaba de convencer la ropa de la "sección femenina". Incluyo aquí todo lo relativo al pelo: la media coleta, las dos
coletas, las trenzas y demás peinados que aunque “muy coquetos” incomodan y
cuando sudas hacen que se te pegue el pelo a la cara. No, gracias.
Etapa nº3: Me pido hacer de chico. Esta etapa es propia de
niñas de colegio de monjas o de aquellos en las que no había niños. Ante la
inexistencia de los mismos y la obligatoriedad de cumplir el patrón
heterosexual hombre-mujer en cualquier actividad del centro, siempre había
alguien que debía interpretar el rol de hombre. ¡Uh, qué difícil! Aún recuerdo la cara de algún que otro profesor
cuando mi amiga yo interpretábamos una de estas parejas y la llevábamos a
límites de besuqueo, con una mano entre las bocas, claro, pero que causaban un
estupor incontrolable en el profesorado y nosotras sin saber por qué.
Pregunta: ¿por qué las
monjas preferían ver a una mujer vestida de hombre para las representaciones
teatrales que a parejas de dos niñas/mujeres qué es lo que éramos de verdad?
Hipocresía.
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Portada revista "Súper Pop" Años 80. |
Etapa nº4: ¿De verdad es tan interesante hablar de chicos?
En esta etapa comenzaban a irrumpir las hormonas y, sobre todo, las respuestas
a las exigencias de las personas adultas sobre que a las chicas nos debían gustar los
chicos. Por ello, las niñas llevaban a la escuela revistas como “La Super Pop” o "Vale" y las leíamos a escondidas. Mientras esto ocurría tus amigas suspiraban señalando las caras de
chicos atolondrados que les gustaban los cuales, por cierto, eran más afeminados que tú y tal y como confirmarías con los años, eran gays… ¡Mirad qué feliz es ahora Ricky Martín! En estos
casos una se limitaba a leer el horóscopo, el apartado de sexo y, sobre todo, a
ver a las protagonistas de series y las cantantes más por parecer que te implicabas en el juego que por interés.
Etapa nº5: Xena, la Princesa Guerrera. O la conocida por mi
madre como “Xena, la princesa bollera”. ¡Cuánta felicidad supersónica se
apoderó de nuestros cuerpos al descubrir a aquella guerrera, de aspecto rudo a
la par que sexy, que podía hacer frente a un ejército de 100 hombres y, además,
iba acompañada de su inseparable “amiga” Gabriel!, la rubia a la que durante muchas
temporadas consideramos un lastre… ¡yo le hubiera sido más útil en las
batallas! Qué emoción ver a dos amigas luchando, compartiendo su vida sin
necesidad de hombres y cuántas cosas se removían por dentro. ¿Por qué? Algo
intuíamos, pero al no existir la palabra LESBIANA ni ningún otro referente en
la vida real pues eso, a devanarse los sesos y a disfrutar de la multitud de
conflictos internos. ¿Por qué Xena besa a Ares si su relación, en el capítulo anterior, estaba tan bien con
Gabriel?
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Xena besando a Gabriel para resucitarla. ¡Sospechosamente lésbico! |
Etapa nº6: El enamoramiento. Ahora sí que la adolescencia
hace acto de presencia y comienza la etapa de “cada oveja con su pareja”, esto
es, cada chica debía tener un novio, o al menos, un intento de ello. En esta punto, las lesbianas, absolutamente faltas de interés en este campo,
preferíamos pasar las horas escuchando a aquella amiga, que en tus sueños iba a
ser la mujer de tu vida –que quede claro- sobre lo mal que la trataba el chico
que le gustaba. Este hecho no sólo reforzaba tu idea de que los hombres no eran lo que te querían vender sino que, en el fondo, te hacía reflexionar sobre el tipo de trato que nunca le
darías a una chica.
Etapa nº7: La bisexualidad. Toda lesbiana que se precie,
-generalización-, antes de salir del armario tiene que pasar por la etapa de la
bisexualidad, así de simple. No por una cuestión de creerlo realmente sino por la necesidad
de conocer la reacción, principalmente, de tus amigas. Si se contrariaban…
siempre quedaba alguna pequeña esperanza para ti recurriendo a la bisexualidad. Y es por eso que muchas nos
dedicamos a “enrollarnos” con chicos bajo la premisa siguiente “¿Si no has probado algo cómo sabes que no
te gusta?”. Y por culpa de esta estupidez sacada de frases como “¿si no has probado el pescado como sabes
que no te gusta?”, catamos a más de un varón. O sólo uno y suficiente.
Etapa nº8: ¡Joder, soy lesbiana, que nadie lo note! Porque
sí, porque una vez que has pasado la etapa de la bisexualidad y has obtenido
los resultados de tus investigaciones te das cuenta que te gustan las mujeres
y, sin quererlo, un día de fiesta loco besas a una de tus amigas, o a alguna
desconocida en un bar, jaleada por tu grupo, que están más motivadas por el
atrevimiento que por dar respuesta a las incógnitas que te atormentan. Y así,
besas a la primera chica y… ¡¡¡DIAGNÓSTICO: LESBIANA!!! En esta etapa, en la que ya
simplemente te limitabas a no hablar de chicos, tu objetivo consistía en que
nadie se diera cuenta de a quién estabas prestando atención en realidad. Entiéndase tu mejor amiga, aquella chica con la que te encontrabas a diario en el autobús para ir a clase o, simplemente, a la presentadora de algún telediario.

Llegado a este punto sólo te queda conocer a una chica, o a dos, o a tres... y así hasta infinito y disfrutar de la vida con total plenitud, sin armarios, sin ocultarnos y llamando a las cosas por su nombre.
Firmado: Una lesbiana.
Si te han gustado las fases del descubrimiento del lesbianismo no te pierdas siguiente capítulo: "Las lesbianas en el Sistema Sanitario".
Y para acabar este nuevo capítulo, con motivo del Día de la Visibilidad Lésbica un clásico:
"Soy lo que soy", Sandra Mihanovich.
PD: Pido disculpas si en alguna de las etapas alguien considera que he abusado de los estereotipos de género pero así son las cosas y así se las hemos contando.